En la mitología griega, Quirón ocupa un lugar singular. El mito de Quiron no habla solo de un centauro: es el sanador herido. A diferencia de otros personajes míticos, Quirón no puede curarse a sí mismo. Sin embargo, esa herida permanente no lo incapacita; por el contrario, se convierte en la fuente de su conocimiento, su sensibilidad y su capacidad para acompañar a otros.
Este mito de Quiron resuena profundamente con la figura del psicoterapeuta.
La ilusión del terapeuta “sin heridas”
Existe una creencia —a veces sostenida por pacientes, a veces por los propios terapeutas— de que quien acompaña procesos emocionales debería estar “resuelto”, libre de conflictos o inmune al dolor. Pienso que esta idea puede ser peligrosa.
El terapeuta no es alguien que nunca sufrió, sino alguien que ha trabajado su sufrimiento. La diferencia no está en la ausencia de herida, sino en su grado de elaboración.
Quirón no sana a pesar de su herida. Sana a través de ella.
La herida como instrumento clínico
En psicoterapia, la experiencia personal de dolor puede transformarse en:
- Mayor capacidad empática
- Escucha más fina de lo no dicho
- Tolerancia al malestar ajeno sin necesidad de apresurar soluciones
Pero esto solo ocurre cuando la herida ha sido revisada, pensada, simbolizada y trabajada. Una herida no elaborada no afina la escucha, la distorsiona.
Desde lo clínico, aquí aparece una distinción crucial:
- Herida elaborada → herramienta de comprensión
- Herida cruda → riesgo de actuación, rescate o fusión
Quirón y la contratransferencia
El mito de Quirón también dialoga con la contratransferencia. El terapeuta inevitablemente resuena con ciertas historias, emociones o dinámicas del paciente. Esa resonancia no es un error o sesgo terapéutico, es parte del proceso.
La pregunta no es si el terapeuta se ve afectado, sino qué hace con eso.
Cuando el terapeuta reconoce su propio mundo interno, puede usar esa resonancia como brújula clínica. Cuando no, corre el riesgo de:
- Querer salvar al paciente
- Reparar al otro para reparar(se)
- Confundir acompañar con dirigir
El encuadre como protección
Quirón nos recuerda algo fundamental: el compromiso ético del terapeuta no es ser héroe, sino sostén. Por eso, el encuadre, la supervisión y el trabajo personal no son formalidades, sino condiciones de posibilidad para una práctica responsable.
El encuadre protege al paciente, pero también protege al terapeuta de usar el espacio clínico como escenario de reparación personal.
Una clínica profundamente humana
Pensar al psicoterapeuta desde Quirón es recuperar una clínica más honesta y menos idealizada. No se trata de ser terapeutas perfectos, sino de profesionales comprometidos con su propio proceso, capaces de estar con el dolor sin huir de él ni apropiárselo.
El terapeuta no se coloca por encima del paciente. Se coloca al lado, con una herida que ya no gobierna, pero que sigue recordándole algo esencial: que el sufrimiento humano merece respeto, tiempo y presencia.
La herida no descalifica al psicoterapeuta. Lo que descalifica es no mirarla.
Quirón no cura porque sabe más, sino porque ha aprendido a no negar su propia vulnerabilidad. Y quizá ahí radique una de las formas más profundas de ética clínica: acompañar desde la humanidad, no desde la fantasía.

Psicólogo, psicoterapeuta, sexólogo y tallerista. Disfruto muchísimo escribir y me encantaría saber tus impresiones sobre lo que acabas de leer, así que no dudes en contactarme por cualquiera de mis redes sociales.

